Muchos entre los autoproclamados periodistas progresistas y
analistas en el mundo hacen hincapié en la riqueza de los candidatos, en los
millones de dólares necesarios para ser elegidos, en los ingresos adicionales
del candidato y congresista elegido provenientes de los grupos de presión
(“lobbies”), en la corrupción y en la feroz rivalidad bipartidista. Sin
embargo, casi todo el mundo lo sabe, incluso en Estados Unidos.