viernes, 3 de mayo de 2013

La ceiba del patio

En junio de 2012,
antes de ser envenenada
Cuando terminaron de limpiar la lana para las almohaditas, mi abuela pensó que lo mejor era sembrar aquellas semillas en el traspatio.

Poco después, nació la ceiba. Con el paso del tiempo se convirtió en un árbol vigoroso, gigantesco y, a la vez, en un hermoso símbolo familiar.

Varias generaciones crecieron a la par de la ceiba, que cada año se hacía más frondosa e imponente. En sus grandes y fuertes ramas, podían verse los nidos de palomas y pajaritos. 
Entre las robustas raíces encontraban refugio lagartijas, hormigas y otros “bichos”.

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Para mí, fue compañera y cómplice de muchas travesuras infantiles. Brincar de raíz en raíz, lanzar una pelota con todas mis fuerzas, para ver si alcanzaba la copa de las ramas más elevadas; o tirarla contra su tronco, y luego tratar fildearla al estilo de alguno de mis peloteros más admirados; eran algunos de mis juegos preferidos.


A veces, me escabullía para recoger los quilos que los vecinos depositaban a sus pies; y votar en el hueco deuna letrina los trapos rojos, plumas de gallina, y otras ofrendas. 

Muchos años después, mis hijos experimentaron la misma predilección que yo por el árbol, ya cincuentenario, que continuaba erigiéndose en guardián del patio.

En el 2008, la furia de los huranes Ike y Paloma –que destruyó comunidades enteras- apenas causó mella entre el follaje más alto de la vetusta planta.

Sin embargo, otra fuerza más devastadora: la perfidia humana, se encargó de lacerarla en meses recientes. Vecinos mal intencionados pidieron permiso para podarla un poco. Pero lo que hicieron fue destrozar su enramado más bajo. Después, ante la prohibición de volver a tocarla,  se las ingeniaron para socavar su tronco y envenenarla. 

Aún tengo esperanzas de que las lluvias primaverales y la pujanza de sus profundas raíces puedan devolverle algo de su vitalidad. De no ser así, su recuerdo permanecerá en un lugar privilegiado de mi memoria y mi corazón.

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